5 de junio. Día nacional del liberalismo

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alfaro mason

"Los hombres indiferentes a la desventura de la Nación, aunque sean privadamente laboriosos, son los auxiliares inconscientes de las desgracias y corrupción de los pueblos". Estas palabras de Eloy Alfaro muestran la clarividencia del manabita que protagonizó la revolución del liberalismo.

  • El desarrollo de la libertad individual y, a partir de ésta, por el progreso de la sociedad; y,
  • El establecimiento de un Estado de Derecho, en el que todos los seres humanos –incluyendo aquéllos que en cada momento formen parte del Gobierno– estén sometidos al mismo marco mínimo de leyes.

El liberalismo como doctrina política derivaba del racionalismo del siglo XVIII, por cuanto se oponía al yugo arbitrario del poder absoluto, al respeto ciego al pasado y al predominio del instinto sobre la razón.    Por el contrario, preconizaba la búsqueda de la verdad por parte del individuo sin ningún tipo de trabas, sino mediante el diálogo y la confrontación de pareceres, dentro de un clima de tolerancia, de libertad y de fe en el progreso.    Esa doctrina se asentaba en la confianza en el poder de la razón humana que todo lo esperaba de las constituciones y de las leyes escritas.   Su rasgo distintivo consistía en el deseo de querer resolver los problemas mediante la aplicación de unos principios abstractos y mediante la aplicación de los derechos de los ciudadanos y del pueblo.    La Revolución fue lo que dio fuerza verdaderamente a estas ideas.

Frente a los privilegios históricos y a las prerrogativas tradicionales del príncipe, el clero o de las clases gobernantes, el liberalismo opone los derechos naturales de los gobernados.
Frente a la idea de jerarquía y de autoridad, el liberalismo presenta las ideas de libertad y de igualdad.   Y estas ideas son aplicables a todos los terrenos: al gobierno, a la religión, al trabajo y a las relaciones internacionales.
Dentro de este marco, Alfaro y sus montoneras cambiaron el país y su mentalidad.

Alfaro icono de rebeldía, patriota, entendió que Ecuador necesitaba libertad y justicia.   Una libertad nacida de la primacía de la ética social, basada en la soberanía de la conciencia humana; y una justicia que diera oportunidad de mejor vida al indio, al negro, al montubio, al mestizo; como actores de la Alfarada Montonera: “donde impera la desmoralización y el robo, es imposible la república”, anticipo Eloy Alfaro.

Fue Alfaro,  quien llevó adelante la revolución que se gestaba en la conciencia de los ecuatorianos deseosos de mejorar los días para la patria.   Con su talento y visión política recogió la inconformidad ciudadana, la orientó y la concretó, primero en acciones de guerrilla, en abiertos frentes de combate, unas veces convertidos en derrotas, pero al final, iluminados por las victorias resonantes que aseguraban la confianza nacional en el triunfo decisivo y lo firme del ideario liberal.

El 5 de junio de 1895, en la ciudad de Guayaquil  estalla la Revolución Liberal, llamada también movimiento de restauración, como resultado de esto, una magna asamblea pública efectuada en  esa ciudad proclamó al general Alfaro como Jefe Supremo del Gobierno.

Esa revolución fue también la culminación de la larga lucha de los masones ecuatorianos por consolidar el Estado Republicano.   Y no podía ser de otra manera, puesto que la mayoría de los grandes actores del proceso revolucionario eran masones y compartían el ideario republicano levantado por sus antecesores en la Orden, que lideraran en su hora la lucha por un Estado laico: Vicente Rocafuerte, Pedro Moncayo, Antonio Elizalde, José M. Urbina, Juan Montalvo, Pedro Carbo y Luis Vargas Torres.

En síntesis, se trataba de una revolución de carácter laico y con fuerte acento anticlerical, que se proponía separar radicalmente al Estado de la Iglesia, refrenar toda intromisión clerical en la política, nacionalizar y secularizar al clero, nacionalizar los bienes de manos muertas y extirpar del país a las órdenes religiosas, por considerarlas instituciones socialmente parasitarias y económicamente acaparadoras de bienes ajenos.

Paralelamente, por medio de la educación laica se buscaba democratizar la acción del Estado, limitar la influencia ideológica de la Iglesia y los sectores conservadores, y crear una nueva conciencia ciudadana, proclive al libre pensamiento y a la tolerancia.

Adicionalmente, contando, como contaba, con el decidido respaldo de unos pocos sacerdotes revolucionarios, que actuaban junto al pueblo y contra los mandatos de su jerarquía, la revolución pretendía estimular el desarrollo de una "iglesia nacional y popular", que se levantara como una alternativa frente a la iglesia oligárquica existente, dominada en buena medida por obispos y sacerdotes extranjeros.

El liberalismo trajo grandes cambios políticos y mayor inserción internacional del Ecuador.   Se dio un salto de modernización del Estado y la sociedad, mayor integración nacional y un gran esfuerzo de centralización política y económica.

Con la modernización estatal y la separación del Estado-Iglesia, se consolidó la autoridad secular.


Con el establecimiento del laicismo se logró modernizar la educación.

Con estos cambios surgieron nuevos actores sociales y una nueva forma de ver la patria, un proyecto nacional que intentaba integrar regionalmente al país e incorporar a la comunidad cultural del Ecuador, alentados por la identidad ''chola'' o ''mestiza''.

Uno de esos actores sociales fue la mujer, a quien el General Eloy Alfaro reconoció su derecho a la educación y a su plena participación política en la vida de la República

Entre las obras más relevantes de Alfaro, encontramos en la historia,  la fundación del partido liberal, la Construcción  del Ferrocarril Guayaquil Quito,  La Creación del Colegio Militar, la declaración de la libertad de culto y educación, entre otras.

En La Muerte del Cóndor, Vargas Vila, su amigo colombiano, escribe de Alfaro el viejo luchador: “ese hombre significaba por aquel entonces, treinta años de vida heroica, y de dolor sagrado. Treinta años de lucha, sin tregua y sin cuartel, contra las tiranías clericales de su patria, que formaban ante la historia, una solo dinastía de hienas; frente a esos monstruos que la putrefacción de la selva producía, o el volcán cercano a Quito vomitaba, Alfaro se había alzado, como la encarnación heroica y tenaz del pueblo esclavizado. Durante treinta años, él había sido el alma indomable de la libertad, contra la tiranía, él había sido la humanización tangible, de esa palabra misteriosa y sin límites: La Revolución”.

Eso es Alfaro para Ecuador y Latinoamérica; el cóndor de libertad y la única revolución hecha en el país.

 

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